¿Saben esos momentos pequeños y particulares, que te impactan para toda la vida?, así me sucedió un tranquilo domingo de junio lluvioso. Sí, algunos se preguntarán por qué llueve en verano, el clima está loco.
Iba caminando tranquilamente bajo una lluviosa mañana en la Colonia Tovar, la neblina y el frio hacían que cada turista y habitante del lugar corriera a refugiarse bajo techo. A diferencia de mi hermano y yo, no nos importa mojarnos con tal de divertirnos un poco. Seguíamos a toda prisa a nuestros padres que como todos, corrieron dentro de algún local abierto. Yo en cambio, no podía correr mucho por mi peculiar calzado, no apto para lluvia, piedras resbalosas o charcos gigantes; estúpidas botas de tacón.
-Date prisa- murmuró mi hermano entre risas, mientras veía como luchaba contra el frío y mi escaso sentido de equilibrio. Le dediqué una mirada asesina mientras acomodaba mi bufanda y daba un gran suspiro, provocando un halo de humo nacer y morir a los pocos segundos frente a mí.
-Mira, plantas- me llamó entusiasta estando solo a pocos pasos de mí. Me acerqué al pequeño estante en mitad de la acera, abracé su brazo para obtener un poco de calor y miré la variopinta gama de plantas miniatura. Fruncí el ceño mientras mordía mi labio tratando de buscar una en particular que me gustara. Cuando mis pensamientos se perdieron fugazmente al escuchar la voz de mi hermano.
-No tenemos todo el día, ¿no querías una planta mascota? Ahí tienes, elige una y vámonos.- Me zarandeó suavemente, volteando su mirada hacia la calle, buscando alguna pista de nuestros padres. Si era cierto que desde hace tiempo quería una planta para decorar mi habitación, no pensé que las fuéramos a conseguir en tan agitado clima. La lluvia incesante repicaba en la calle, una espesa neblina cubría todo a unos metros de distancia y una ventisca repentina me heló la sangre.
De repente ahí lo vi, un pequeño cactus de forma ovalada que no media más de 4 cm de diámetro, con unas diminutas flores de 12 pétalos rodeando toda su superficie, delicadamente puesto sobre un minúsculo envase plástico color blanco, salpicado de tierra. No entendía como algo tan pequeño me había llamado la atención, de entre todos los cactus enanos, ése era el que más me gustaba.
-Quiero ese- dije en voz baja a mi hermano mientras aún seguía abrazada a él y volvía a ajustar mi bufanda.
-¿Cuál?- preguntó dubitativo observando las plantas
-Ese- dije señalando al cactus con mi dedo índice, noté inmediato como mi pálida mano temblaba por el frío. – Vale, yo te la compro, ¿dónde está la persona que atiende?- exclamó ya algo cansado de esperar mientras yo me inclinaba para tomar la pequeña planta entre mis manos, la acerqué a mi rostro y detallé sus pequeñas flores, una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.
- Cinco por las dos-dijo una anciana mujer de voz suave, acurrucada en una silla al lado del stand, no entiendo como no nos dimos cuenta de su presencia con anterioridad. Tenía como 3 capas de ropa encima, una larga bufanda castaña y un lindo gorro de lana. La detallé velozmente mientras mis ojos regresaron hacia la planta en mis manos, y luego noté que de dónde la tomé había otro cactus, ambos estaban en una pequeña cajita de cartón mojado.
Ladeé mi cabeza sonriente mientras miré la otra planta, no era tan bonita como la que yacía en mis manos, aparentemente no tenía nada especial, solo un típico cactus erecto y cilíndrico de unos 6 cm de alto con unas pequeñas extensiones puntiagudas, intentos de “espinas”. Miré de nuevo mi cactus, ¿“mi” cactus? Ya lo consideraba mío porque estaba entre mis manos y pensaba llevármelo a casa, pero repentinamente un sentimiento de vacío se apoderó de mi mente, pensé cuánto tiempo llevaban esas pequeñas plantas ahí, cuánto tiempo llevaban este par juntos, en su pequeña fortaleza de cartón, apilados junto a los demás cactus, pero endeblemente separados por sus cajitas.
Un rápido pensamiento flechó mi mente, se me ocurrió la idea de rechazar el otro cactus, para qué iba a comprar uno que no me gustaba, si ya tenía al mío entre mis manos. Estaba dispuesta a pagar el dinero de los dos y solo llevarme a mi pequeño cactus. Pero casi inmediatamente otra idea figuró en mi cabeza, ¿qué derecho tenía yo a separarlos?, sonreí internamente al entender lo que había pensado, son plantas, no tienen sentimientos, no tendrán más de 2 semanas juntas en esas cajas, no son siquiera de la misma especie, ¿realmente importa si las separo o no?.
-¿Tengo que llevarme las dos juntas?- le dije con una falsa sonrisa a la señora que ya me miraba impaciente, luego de esperar la respuesta que mi mente había tardado segundos en formular, y durante los cuales había decidido rechazar a la otra planta.
-Sí, son las dos, o ninguna- Me respondió implacable con una mirada severa que me sorprendió un poco. ¿Qué clase de vendedor trata así a un cliente? Mi arrogante personalidad formuló un par de respuestas ante esa sentencia, pero mi boca optó por permanecer cerrada. Miré a mi hermano cuyos ojos se perdían a la distancia, buscando siluetas que no aparecerían. Me frustré y luego una claridad excesiva me cegó por unos instantes, un trueno retumbó en el cielo, mientas que la luz se reflejaba en la blancura del ambiente, un escenario casi irreal. Y con la luz, se “iluminó” a su vez mi mente.
¿Quién era yo para juzgar la actitud de esa señora?, ¿Acaso no era yo la persona egoísta que quería solo una planta porque la otra no era de mi agrado?, ¿Cuántas personas en el mundo hacían lo mismo que yo, pero en grandes magnitudes, con personas, y sin tomar en cuenta sus sentimientos? Así como en la sociedad rechazan a las personas por su apariencia física, por estar o no a la moda, por seguir una tendencia, creencia o partido político ¿Quién nos da el derecho de juzgar? A fin de cuentas, todos somos hermanos, nacidos en diferentes lugares, diferentes status, diferentes “especies” pero, seres humanos al fin. ¿Existían momentos en los que las demás personas, antes de calificar y clasificar otros, se dedicaban a pensar tan solo unos momentos, por qué estoy haciendo esto?
Ya basta de separarnos, de crear barreras entre nosotros, de establecer burbujas en las cuales vivimos y nos apartamos del resto del mundo. Simplemente abramos nuestras mentes a otras posibilidades, expandamos vínculos, hagamos algo que nunca antes pensamos hacer. Sí, podría haber consecuencias, pero a fin de cuentas, ¿cómo sabremos si no lo intentamos?
Ahí lo entendí, me pareció divertido cómo una simple… no, simple no, cómo una minúscula pero peculiar planta me había hecho pensar todas esas cosas. Ahora no estaba dispuesta a separarlas, esas plantas eran hermanas, y aunque poseían muchas diferentes externas, estaban destinadas a estar juntas. Algunos pensarán que por la mano de Dios, otros menos creyentes considerarían la mano de la vendedora. ¿Qué pienso yo? Que la vida es una gran ironía y que es sorprendente cómo un momento aparentemente insignificante, me creó una nueva perspectiva de vida.
-Grecia… – murmuró mi hermano.
- ¿Qué? – le respondí a secas por haberme sacado de mi ensimismamiento.
-La señora está esperando- gruñó cansado mientras buscaba su cartera para pagar.
-¡Ah, sí!- repliqué con una sonrisa tonta a la vez que tomaba la cajita con la otra planta y acomodaba ambos cactus en la estrecha fortaleza.
-¿No tiene más sencillo?- interrumpió la señora con su voz senil, y una tenue sonrisa impaciente.
-Eh… Grecia… ¿tienes sencillo? La señora no tiene cambio- exclamó mi hermano a carcajadas mientas se sonrojaba apenado y se rascaba la parte de atrás de su cabeza.
Le dediqué una mirada amenazadora mientras busqué en mi cartera la cantidad exacta para pagar. Hice una mueca con mis labios y luego comencé a reír también. – Así que no tienes dinero para pagar MI regalo. – Le dije mientras me despedía con la mano de la señora y comenzábamos a caminar por el centro de la calle, la lluvia había cesado de un momento a otro.
-¡Sí tengo dinero, pero no billetes pequeños!- gruñó mientras divisaba a lo lejos a nuestros padres.
-Si si, lo que sea, ahora me debes un helado-
-¡Hey! Un helado aquí sale más caro que esas estúpidas plantas
-¡No son estúpidas! Son mis plantas, y son especiales.- Le sonreí mientras sostenía con ambas manos la pequeña cajita, con el pequeño y abombado cactus, y su larguirucho y flaco compañero. Sin darme cuenta mis manos se estaban calentando, sólo por sostenerlos. Bufé internamente y levanté la mirada para encontrarme con nuestros padres, corriendo alegre como una niña que había hecho un gran descubrimiento.
Fin.



Pues verán, me dedico a escribir esta entrada practicamente obligada, cumpliendo con mis tareas de blogger… No quería que este blog se tratara de ” las típicas cosas que hacen las personas en su día” Digo porque… ¿A quién le importa lo que hago yo en mi día? Además, qué clase de personas lee esto. ¿Realmente quiero que cualquier desconocido sepa lo que hago diariamente? 